Me gustaba mucho quedarme a dormir con ella. En las noches me prestaba una batita y entre las dos armábamos la cama plegable para mí y la poníamos a un lado de la suya, dejando un pequeño espacio para que pudiera sentarse cuando quisiera y tomar del buró lo que se le ofreciera: papel sanitario, su vaso de agua, o su lámpara bajo la almohada.
Las mañanas empezaban activas. Mientras yo quitaba la camita, ella iba abriendo el puesto, una tiendita de sodas y papitas con diferentes dulces, galletas y cigarros que lo adornaban. Alguna vez, cuando mi mamá tenía la edad en la que me recuerdo, ese puesto fue famoso por sus raspados, o al menos eso me decían las mamás de mis amigas en la primaria. Antes de que llegara cualquiera de los proveedores de productos, nosotras ya habíamos hecho muchas cosas. Cuando ella lavaba los hules o tapetes de las jaulas de pájaros, atrás, en el lavadero, yo regaba las plantas en el porche. Mientras ella picaba los pedacitos de naranja y manzana, yo lavaba los trastes de agua y alpiste. Me dejaba poner la fruta entre las rejas y yo intentaba hacerlo rápido, tanto que a veces se me caía por quitar la mano antes de tiempo. Me daba mucho miedo que me fueran a picar al acercarse volando hacia mis dedos. No sabía como mi abuela podía meter la cabeza casi entera mientras acomodaba los hules y ellos posaban las patitas en su cabello.
Antes de cualquier actividad me ofrecía un café y después de haber terminado con los seres vivientes nos tocaba desayunar. No me gustaba tener que ir a la tienda por leche, ni menos cuando tenía que ir más lejos por tortillas, pero me agradaba ver a las señoras manejar esas tortillotas tan delgaditas que se colgaban del antebrazo antes de acostarlas en la estufa de leña con comal circular. De mi abuela no tengo recuerdos en los que ella cociera la tortilla, sólo en los que hacía la masa, y después de dejarla reposar en la bandeja azul hacía muchas bolitas para volver a dejarlas reposar. Al final siempre me daba la sobra de la masa y la usaba como plastilina hasta que por más que metiera la dureza de la superficie hacia dentro ya no quedaba manejable.
En el desayuno no faltaban tortillas, frijoles, queso fresco, café con leche, huevo y una rebanada de bolonia a la que le tenía que quitar el hule de la orilla. Muchas veces intenté levantar las claras de los huevos hasta que quedara una espuma blanca y muy inflada a punto de salirse del plato, pero nunca pude hacerlo tanto como ella, así que sólo le echaba la sal, la cebolla, la harina y las yemas al final. Durante la comida me iba con mi primo a jugar, o me llamaba para darle vueltas al molinete mientras ella iba metiendo la papa cocida y el queso fresco. Me quedaba a observar si hacía miel para hielitos y le pedía que me dejara pasar la mezcla a las bolsitas para probar algunas copitas. Por ahí, tuvo intentos de enseñarme a coser con su vieja máquina y su gran pedal, a bordar con sus ganchos y estambres, y a hacer cuentas al pasar los dulces a los platos de la vitrina y ponerles precio en un cartón.
Por las tardes, ella se sentaba en el lugar donde corriera más aire, y después de un cigarro, rezaba un rosario. No veo a mi abuela como una persona muy religiosa, pero sí tuvo sus costumbres. Agradecer en las noches frente a su niño de Atocha y llevarme algunas veces a Magdalena en las fiestas de San Francisco de Asís son algunas. Tomar con ella esos camiones a Magdalena a comer pozole, o a cualquier otro pueblo por el motivo que fuera, sobre todo si era a La Fábrica de Los Ángeles donde dormiría en catre, son de mis mejores recuerdos con ella.
Mi abuela se llama Dolores, pero siempre nos dijo que la llamáramos Lola. Este año sigue en su cuenta tras sus 91 años. La mala circulación en sus piernas ya no le permite seguir haciendo las cosas de pie, y por su memoria, ya no recuerda de algunas cómo hacerlas. Sin embargo, mientras la mía siga funcionando, su fuerza y ejemplo forman parte de mis mejores imágenes.
Me encantó lo que escribiste. Me haces recordar a mi abuela y todas las cosas que ella me enseñó. Gracias. Disfruté mucho leer tu entrada.
ResponderEliminarQué bueno que te gustó Andrea, gracias por el comentario. En verdad una abuela puede enseñarte demasiadas cosas, sobre todo con sus historias cuando nacieron antes de los 20's.
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