14 septiembre 2008

Bienvenue au Méditerranée

Entré a la Gare de Lyon en París. Diez para las tres ya estaba el tren con mi destino y empezó el abordaje. Era un tren con varios vagones de dos pisos cada uno, me subí al que tenía por nombre “W”, tomé mi asiento y a 300 kilómetros por hora llegué a Marsella en menos de cuatro horas. Al bajar, cerca de los primeros vagones noté a una pareja conformada por una señora rubia y un señor alto, cuya cara llamó mi atención. Miré el papel que tenía entre sus manos, y el leer “Erika” escrito me hizo sonreír.

Alain y Monique me llevaron a su casa en una pequeña ciudad cerca de Marsella. El lugar, con un amplio jardín y cerros poblados de pinos a escasos centímetros del cerco, era verdaderamente acogedor. Para pasar la noche me dieron uno de los cuartos de sus hijos. En la cena comimos una ensalada de papá, tomate y aceituna verde, con alguna especie de mayonesa, y unos panecitos redondos que imagino ellos mismos hornearon, con queso y trocitos de jamón. Estos panes eran como una especie de pizza-pan, sin la salsa de tomate y del tamaño de mi palma, donde el pan se envolvía como si abrazara por las orillas al queso. Todo fue acompañado de vino y distintas variedades de queso, de las cuales probé dos de vaca, muy cremosos, untados en pan.

Me gustó la forma en que comen el pan. Primero traen a la mesa una pieza bastante grande, parten rebanadas de las cuales una para cada quien puede ser suficiente y lo ponen enseguida del plato sobre el mantel. Conforme comes lo demás, vas agarrando pan, pero este se parte con la mano y no con los dientes, como normalmente lo hacemos en México. A pesar de no tener nada extraordinario, me gusta que esté sobre la mesa, quizá por ser algo parecido a cuando le cumplen un berrinche a un niño. Tengo recuerdos de poner las cosas sobre la mesa, como las tortillas de harina, y en ellos tanto mi mamá como mi abuela me regañan diciéndome que ponga un plato o me dan una servilleta.

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