
Decidí aprovechar la invitación de
Camille De Marignan, francesa con la que subí a la cima de la
Sainte Victoire,
randonnée de la cual ya habrá tiempo de platicar, y fui a pasar el fin de semana en casa de su familia en
Avignon.

Saliendo de clases a medio día del viernes, quedamos de vernos en el camión que tomamos para el metro, lo cuál se me hizo rarísimo.
“On se voit dans le bus!” ¡¿Nos vemos en el camión?! Es verdad que aquí puede resultar por la puntualidad del transporte y sobre todo de las personas, pero éste no fue el caso. Al final nos vimos en el metro, agarramos el
TGV poco después de las dos de la tarde y para las tres ya estábamos en una panadería del centre-ville. Avignon es una pequeña ciudad por la que pasa el
Rhône dividiéndose y volviéndose a juntar, dando origen a la isla más grande de Francia, según mi amiga. También es una ciudad donde por lo general “hace bonito” como dicen los franceses
Il fait Beau! y que nosotros no empleamos limitándonos a tener una expresión sólo para cuando hace calor o hace frío, y donde el fin de semana pasado en particular llovió casi todo el tiempo.

Fueron días muy tranquilos y caseros que me transportaron atrás en el tiempo hasta los días de mi adolescencia. Camille, que actualmente vive en una residencia universitaria muy cerca de la mía en
Saint Jérôme, tiene una familia pequeña compuesta por sus abuelos que viven en
Aix-en-provence, su hermano que estudia en un internado en la
campagne, y su gata de cuatro años
Mabelle, su conejo
Châtaigne, su mamá y su hermanito menor,
Baptiste, que viven en Avignon en una casa con un bonito jardín donde hay una mesa en la que suelen cenar los tres juntos en verano y primavera.

Las horas se nos pasaron rápido en ver la televisión,
Friends, y películas,
Prête moi ta main y
Le dernier chasseur, escuchar música, platicar con su mamá, comer, ayudarle a Baptiste con su tarea, ver revistas, dormir bien, y cuando menos lluvia hubo en salir a conocer el centro de la ciudad, pasando por la calle principal,
la Rue de la Révolution, el bazar navideño de la Plaza del Reloj, una de las dos salas del cine alternativo de la ciudad viendo
Un crime presque parfait, en un café comiendo un panecito en la hora del
gouter, compartiendo un paraguas en las callecitas angostas y curveadas que inspiran a correr y jugar, y claro, en el antiguo
Palais des Papes y el famoso
puente destruido de Avignon que hacen turística a la ciudad.

Las cartas de
yu-gi-oh y los legos por el piso de la sala, los gritos para llamar a Camille a que viera su puntaje en el video juego de la computadora, y lo gentil y buena persona que era Baptiste, me hicieron recordar demasiado la convivencia que tenía con mi hermano cuando él tenía esa edad. La música y la programación en la televisión en inglés, junto con las pláticas que podían surgir de estas, me hicieron recordar las horas “invernantes” de vacaciones de verano secundarianas que pasábamos mi hermana y yo haciendo lo mismo.
Para terminar un fin de semana nostálgico, productivo en francés, comiendo comida regional como el postre
Des îles flotantes, y aprovechando el sol del domingo, antes de regresar a la estación de tren salimos a caminar a la ciudad vecina de Avignon,
Villeneuve, donde subimos a un parque en una colina para ver el viejo fuerte, pudiendo ver precisamente la siguiente imagen.

¿Olvidé decir que en Avignon se dan TRES besos para saludarse y TRES besos para despedirse?
Parece mentira la ultima foto.
ResponderEliminarLa pintura??
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